El valor de la lotería

20 Mar

 

A mi hermana Chela…la reina de la charada

Hace tiempo anda traspapelada esta historia de familia que quiero terminar un día… no son más que “retazos de cuentos” de mi madre, los “personajes” de mi padre que desfilan también por mi memoria, algo de lo que vieron mis ojos de niña, lo sucedido en esos llanos inmensos del sur de Camaguey. / Chela acaba de ganar la “Bolita”. Un sueño repetido: los hermanos; el número 86, una apuesta, 15 pesos de fondo, una jugada. 1 050 pesos. Un viaje a La Habana. Así sucedió al abuelo un día…

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Ganar un billete de lotería era la esperanza de Castellanos para encaminar aquellos “angelitos” que sin entender por qué habían nacido ciegos “los pobres”, y hasta entonces, ni un médico había diagnosticado la causa, solo el boticario de Aguilar sabía que tres, de los ocho hijos de Digna y Moya eran cieguitos de nacimiento, y se abstuvo de recetar alguna cosa porque era la primera vez que conocía de fenómeno semejante.

La madre, los abuelos y otros familiares cercanos  llevaban el manejo de aquellos criaturas que lloraban, comían y cagaban como los demás pero con la limitante que había que enseñarlos con más paciencia a andar por la casa y los trillos, por el camino real, el pozo de brocal, los platanales y llegar al escusado (retrete). Los vecinos corrían el rumor de la “maldición” de la familia Moya  pero no se acercaban tampoco, por miedo al contagio y las propias supersticiones, solo unos pocos curiosos llegaron a la finca a confirmar el “cuchicheo”.

Aquella madrugada de 1950 Castellanos, el abuelo, madrugó como era su costumbre y fue directo a ordeñar las vacas, luego hizo café en las brasas que quedaron la noche anterior, comió un “cuajo” de queso y un jarro grande de café con leche, se lavó la cara junto al pozo, enjuagó la boca dos o tres veces y se vistió como para salir de viaje.

Sin ver todavía los primeros rayos de sol ensilló su bestia,  y con una paciencia estoica empezó a llenar los serones de huevos, envueltos uno a uno en hojas de plátano la noche anterior, para salir presuroso a Santa Cruz del Sur y llegar allá en las primeras horas del día, con tiempo para vender su barata carga antes de que cayera la tarde, luego de desandar por aquellos potreros pantanosos del sur de Camagüey, que plagados de jejenes y con el calor del verano se volvía un trecho interminable para el viejo, más cuando hacía el retorno y le cogía la noche.

Había vuelto a soñar con el “bendito” número con el cual “se sacaba la lotería” –lo recordaba exacto y no cabía de contento-, y sacó de un escondrijo el peso de ahorro para comprar el billete, el que había encargado ya antes a todo el que anunciaba viaje a Camagüey, Vertientes, Florida o Santa Cruz que eran los lugares donde residían los billeteros. Guardó el dinero en su bolsillo delantero junto al reloj de oro que había heredado de su padre, toda una fortuna, pero intocable como había prometido a la familia.

Con un peso y lo que hiciera de la venta de huevos aquella mañana él compraría  aquel billete “premiado”, si lo encontraba, claro, dinero con el cual llevaría a los cieguitos a La Habana, y si los médicos no le curaban, al menos ellos aprenderían un oficio en la ciudad que fuera más factible a su limitación -soñaba despierto y como un autómata contó tres centenares de huevos frescos, de las cientos de gallinas que criaba en su patio.

“Adela, Rosendo y Amelia”, pronunció en voz alta y mirando al cielo, para meter en la cabeza aquellos tres nombres, aquellos niños tan inteligentes y revoltosos que no veían “¿nadita, nadita?” “Y ¿cómo juegan a los escondidos los malditos?”

Montó la yegua y cabalgó por una guardarraya hasta el camino real, luego tomó otro atajo y anduvo unas cuantas leguas, 3 horas y cuarto comprobadas por el reloj de oro hasta llegar a Santa Cruz del Sur. Vendió huevos por todo el camino a los guajiros de caseríos que no tenían buenas manos para aumentar la cría o simplemente sabían que el viejo Castellanos pasaba por allá cada semana con su preciada carga.

Al mediodía de aquel viernes ya había vendido los huevos…y en la fonda de Marcelino se sentó a comer algo, cansado.

Antes había pasado por la tienda de Benito y allá compró azúcar,  unos “cortes” de tela que había encargado su esposa Matilde, unas botas para Lolín que “estaba descalzo el pobrecito”, unos buenos chorizos españoles, y otros remedios que había encargado su hermano para ahorrarse el viajecito a Santa Cruz. Igual que la semana anterior Juan quedó debiendo algo y pidió la contra en sal para hacer un buen tasajo. Con unos kilos compró un poco de caramelos a los muchachos y sacó cuentas, había gastado justo lo que había ganado aquel día…

Contento con su mercancía e imaginando la cara de los vejigos cuando lo alcanzaran corriendo en el camino, olvidó que le esperaba otra semana sin un kilo en lo intrincado del monte y ¡comprar el billete!

Pero “maldito me parta” –rezongó- ¿Cómo gasté el dinero del billete? –recordó cuando vio pasar a Juanillo frente a la fonda. Salió tras él y dejó su almuerzo servido. Casi muere del susto: 7779, el número que había soñado tantas veces lo traía aquel hombre entre sus manos…lo quería comprar todo…pero el solo guardaba un peso…y pidió un trozo del talonario. Lo guardó con recelo mientras amasaba algo en el bolsillo ¡el reloj no lo puedo vender!!! Se regañó así mismo y borró de su mente aquel instinto.

No esperó que anunciaran los billetes premiados ni mucho menos, “doy por hecho que gano” y con su matemática rudimentaria comenzó a  calcular en qué gastaría cada peso.

Pasaje a La Habana para dos adulto y tres niños: Iría Digna con los cieguitos, hotel, médico…una caballería más de tierra para ampliar la “finquita”…6 vacas…cobijar la casa, fomentar un poco la cría de gallinas…ropa y zapatos para todos…con eso era más que suficiente para paliar la pobreza.

Para Matilde _su esposa_ compraría aquel costurero tan bonito que exhibían en la tienda de Aguilar, lleno de agujas, botones, tijeras, dedal, hilos de todos colores…en un cesto grande y bonito, de guano, “creo”, una fantasía para su esposa que se la pasaba remendando la ropa de la familia y todo aquel que llegaba a la casa, “si eres pobre debes cuidar más como andas, caramba”, “y cuida lo que tienes, para que dure”…”que chapucería, ño!, esto cosido con hilo de mil colores” la oía hablar clarito Castellanos mientras calculaba los 30 centavos que costaba aquella fineza para “la vieja”.

El abuelo volvió por aquellos caminos solitarios, ahora más alegre cuando se cruzaba con un “caminante” , retornaba sin sentir la impertinencia de los grillos, los mosquitos, el cansancio del día…comenzó a oír los gritos de su esposa a lo lejos porque los muchachos jugueteaban sin parar; los perros ladraban, el candil afuera en el portón, el rancho abierto, el olor a carne frita, a boniato asado, el agua de tinaja, la historia del día, luego el camastro…

Antes de dormir dejó una pequeña reserva de dinero en su pantalón y guardó con recelo sus anotaciones (con números solamente) en aquel “cajón” que hacía de mesita en el cuarto y donde guardaba algunos papeles “importantes” que había heredado de la familia sin saber a ciencia cierta que decían, porque apenas había aprendido a firmar su nombre, sumar y restar.

Amaneció…los animales revoleteaban a esa hora del día…desayunó, tomó café, encendió un tabaco, esperó sentado horas de horas en el taburete, recostado en el horcón como si fuera domingo…paciente, paciente…no sé inmutó ni un ápice cuando llegaron corriendo de la finca de Felo a darle la noticia de su premio…El abuelo no había salido a trabajar como de costumbre, esperaba la Noticia, sabía que aquella visión que lo llenó de regocijo la noche anterior era un anuncio de que la vida cambiaría para El, su mujer, sus 9 hijos, los nietecitos ciegos.

Montó en su yegua y cabalgó muy tranquilo hasta Santa Cruz, disfrutando de antemano el valor de la lotería, pensando en lo enigmático de los sueños y en un viaje a la luz, finalmente.

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4 comentarios to “El valor de la lotería”

  1. Dany marzo 20, 2011 a 9:30 am #

    Lo he leido de un tiron y me ha transportado en el tiempo y espacio…muy bonito!
    Saludos

    • meme marzo 21, 2011 a 3:15 am #

      Gracias Dany, gracias Yeli…parece que son mis lectoras número uno, y las que comentan siempre.
      A mi me encantaría poder dejar dos meses La Habana e irme a Camaguey, allá a mis orígenes, a buscar historias.
      Esteban desde que conoció a mi familia que fue en un velorio de un tio que murió en Aguilar me dice siempre que si García Márquez hubiera conocido mi familia primero, seguro hubiera escrito en Buenaventura la novela Cien Años de Soledad, y no en Macondo, allí no hace falta ficción para describir lo real-maravilloso.

  2. yeline santana marzo 20, 2011 a 9:48 pm #

    Que rico escribes Melvis! Disfruté cada palabra, hasta estaba impaciente por saber el final de la historia. Que divino es tener FE. Esa convicción que todo saldrá excelente!

  3. nelida marzo 25, 2011 a 11:12 am #

    No había visto este tu último relato. Sí que es lindo nuestro Macondo. Te faltó decir que los tres primos ciegos fueron los tres primeros capitalinos de la familia, que estudiaron y prepararon para la vida mejor que los videntes. La Fe, mueve montañas, dicen la máxima popular, eso pudiera ser la razón, pero sabemos que no se caracterizaron por eso los abuelos. Se puede entonces pensar en lo de la necesidad y la casualidad, esas categorias, siempre unidas que nos enseña la dialéctica marxista… la necesidad era mucha y lo casual, ya se sabe es casual, pero entonces lo del sueño?, me pregunto yo misma, porque de una o dos cifras pasa, pero sé que era grande, desarmada y sin lógica ciéntifica, agnóstica sin remedio, digo “al que madruga Dios lo ayuda”, “Dios aprieta pero no ahoga” y le doy la gracias si es que está y si es que fue él.
    El abuelo Juan murió viejito y casualmente ciego, lo recuerdo al final de sus día arrecostado en la puera de comedor, fumando su tabaco y con los ojos nublados y sin vista, calladito y centrado seguramente en sus recuerdos, uno de los mejores sería este que hoy recreas con tus mágicas palabras. Gracias Meme

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